Nunca estuvimos tan conectados… ni tan desconectados

Hoy en día hay tantísima información disponible para nosotros que es imposible asimilarla, digerirla, procesarla y, sobre todo, recordarla realmente.

Muchas historias en redes buscan generar un gran impacto para conseguir que las personas recuerden su mensaje. Y, bajo mi perspectiva, estas dos circunstancias juntas son difíciles de gestionar.

Por un lado, parece que cualquiera puede ser experto en cualquier cosa. Y eso nos obliga a desarrollar una gran capacidad de discernimiento para poder distinguir qué es cierto y qué es simplemente una opinión personal, sesgada por las propias experiencias, creencias o valores.

Creo que tenemos que tener mucho cuidado con lo que filtramos y, sobre todo, con cómo lo filtramos. Porque, al final, esta saturación de información puede hacer que muchas veces quedemos atrapados en el impacto y demos por buena información que no está contrastada o que ni siquiera está pensada para nuestro mayor bien.

¿No os pasa que muchas veces os sentís saturados de tanta información y necesitáis descansar de mirar el móvil? ¿O solo me pasa a mí?

Sé que hay gente valiosísima creando contenido de una gran calidad, ya sea para enseñarnos, ayudarnos o simplemente entretenernos. Pero precisamente por eso creo que, en este momento, saber filtrar aquello que realmente nos aporta y nos hace bien es más necesario que nunca.

Pero creo que esto no ocurre únicamente con la información. También está pasando con nuestra manera de comunicarnos.

Vivimos en una época en la que las comunicaciones están más avanzadas que nunca y, sin embargo, muchas veces estamos desconectados no solo de nosotros mismos, sino también de las personas que tenemos más cerca.

Cada vez más, todo pasa por una foto, un mensaje, un emoji o una nota de voz, en lugar de por una llamada, una conversación cara a cara o simplemente por compartir un rato con alguien.

Sí, ya sé que es mucho más cómodo mandar una nota de voz que llamar. Yo también lo hago. Y, por supuesto, hemos ganado una libertad y una inmediatez maravillosas. Podemos comunicarnos prácticamente en directo con alguien que está al otro lado del planeta. Eso es algo extraordinario y sería absurdo no reconocerlo.

Pero, al mismo tiempo, también hemos perdido algunas cosas.

Hemos perdido parte de la atención que requiere estar realmente con alguien. Hemos perdido el compartir sin necesidad de estar haciendo otra cosa al mismo tiempo. Hemos perdido la posibilidad de leer las microexpresiones del rostro del otro, su lenguaje no verbal, sus silencios, sus cambios de tono.

Hemos perdido, en cierta medida, el saber leer entre líneas.

Y también creo que estamos perdiendo algo tan importante como la capacidad de expresarnos, de pensar antes de responder y de utilizar nuestra propia percepción para comprender lo que está ocurriendo delante de nosotros.

Una pantalla nos da información. Pero una persona nos da mucho más.

Nos da una mirada, un gesto, un silencio, una energía, una pausa. Nos permite percibir cosas que muchas veces no se pueden explicar con palabras.

Y quizá aquí esté una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca hemos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, en algunos aspectos estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos de verdad.

No creo que tengamos que renunciar a la tecnología ni volver al pasado. Creo que necesitamos aprender a utilizarla sin permitir que sustituya aquello que solo puede ocurrir cuando estamos realmente presentes.

No se trata únicamente de consumir menos información. Se trata de recuperar nuestra capacidad de estar, de escuchar, de observar, de sentir y de comunicarnos de verdad.

Y quizá, en medio de tanto ruido externo, también necesitemos volver a escuchar esa voz que habla más bajito: la nuestra.

Si sientes que quieres recuperar tu capacidad de conectar contigo, de escuchar tu percepción y de confiar un poco más en lo que sientes, he creado Juegos de Intuición y conexión, un taller descargable con propuestas sencillas y amenas para explorar la intuición y aprender a prestar atención a esa información que muchas veces percibimos antes de poder explicarla con palabras.

No necesitamos más información. Necesitamos aprender a escucharnos mejor.

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