Estos días he estado leyendo mucho sobre todos los fenómenos astronómicos que se producirán alrededor del próximo miércoles, 12 de agosto, y quería compartir con vosotros algunas de mis reflexiones.
Un eclipse solar.
Una alineación planetaria de Júpiter, Mercurio, Marte, Urano, Saturno y Neptuno.
Y la lluvia de estrellas de las Perseidas.
Sin duda, es un momento especial para levantar la mirada y contemplar algo que no sucede todos los días. Más allá del fenómeno astronómico, me ha hecho pensar en algo que para mí tiene mucho sentido: la oscuridad también forma parte del camino.
He escuchado estos días que es mejor no mirar al eclipse porque, con la oscuridad, pueden salir entidades de bajo astral. Sin negar su existencia, personalmente, quiero vivir este momento desde la conciencia, el asombro, la oportunidad y no desde el miedo.
Para mí, lo importante es dónde ponemos nuestra atención y, por tanto, dónde ponemos nuestra energía. Yo prefiero contemplar la oscuridad como una oportunidad para mirar hacia dentro. Cuando algo se oscurece, no significa necesariamente que la luz haya desaparecido.
A veces simplemente dejamos de verla durante un momento.Y quizá ese momento pueda servirnos para observar aquello que normalmente intentamos apartar: nuestros miedos, nuestras heridas, nuestras creencias, nuestros patrones, aquello que sabemos que ya no nos hace bien pero que seguimos sosteniendo por costumbre.
El eclipse me habla de sombra y de luz. De permitir que aquello que necesita terminar pueda terminar.De romper viejos hábitos y dejar espacio para algo diferente. De hacer una pausa. De mirar hacia dentro sin temor de hacerlo. No para quedarnos atrapados en nuestra oscuridad, sino para poder reconocerla, comprenderla y finalmente soltar aquello que ya no necesitamos cargar.
La alineación planetaria me habla de reunir fuerzas.
Marte representa para mí la fuerza, la voluntad, el impulso, el coraje para comenzar y para actuar.
Saturno, la capacidad de atravesar obstáculos. La constancia. La perseverancia. Los límites. Y esa sabiduría que solo adquirimos cuando la vida nos obliga a aprender algo que no habríamos aprendido de otra manera.
Júpiter es expansión, confianza, crecimiento. Es esa ayuda que aparece inesperadamente, esas circunstancias que se ponen a nuestro favor cuando nos permitimos avanzar.
Mercurio me habla de nuestra mente. De nuestros pensamientos, de la manera en que interpretamos lo que vivimos y de nuestra capacidad para cambiar una idea, una conversación interna o una forma de comunicarnos.
Urano representa la liberación. El despertar. La ruptura con aquello que nos mantiene atados a una versión de nosotros mismos que ya no nos corresponde. A veces llega como un cambio inesperado, pero también como esa certeza interna que nos dice: ya no puedo seguir haciendo las cosas de la misma manera.
Y Neptuno me lleva a lo más profundo. A la intuición, a la sensibilidad, a nuestra dimensión espiritual y a aquello que sentimos aunque no siempre sepamos ponerlo en palabras.
Todo esto, me recuerda que cuando entramos en nuestras profundidades podemos encontrar luz y podemos encontrar confusión. Pero no todo lo que sentimos tiene necesariamente que convertirse en una verdad o en realidad. Necesitamos discernimiento.
Cada planeta nos recuerda una herramienta diferente que podemos utilizar en nuestro propio proceso.
La fuerza para avanzar.
La perseverancia para sostenernos.
La confianza para crecer.
La claridad para comprender.
La libertad para cambiar.
Y la profundidad para escucharnos.
Y después están las Perseidas. Una lluvia de estrellas. Pequeños destellos que aparecen, atraviesan el cielo y desaparecen. ¿Puede haber algo más mágico?
Pienso en ellas y siento que con cada una que cae puedo dejar ir algo que ya no me hace bien en este momento. No todo está destinado a quedarse. Hay cosas, personas, creencias, formas de relacionarnos, heridas e incluso versiones de nosotros mismos que cumplieron una función en un momento determinado y que, sin embargo, ya no necesitamos llevar con nosotros.
Dejarlas ir no significa negar lo vivido. Tampoco significa fingir que no dolió. Al contrario. Las experiencias más difíciles son precisamente las que nos dejan una sabiduría más profunda. La resiliencia que desarrollamos al atravesarlas puede convertirse, con el tiempo y con práctica, en una herramienta. Algo que un día utilizamos para sobrevivir y que después aprendemos a utilizar para vivir de otra manera.
Por eso no creo que tengamos que huir de nuestras sombras. Ni tampoco vivir permanentemente dentro de ellas. Podemos darles su lugar sin permitir que ocupen todo nuestro espacio. Donde hay sombra, también hay luz.
Y quizá la verdadera transformación no consista en eliminar la oscuridad, sino en aprender a atravesarla sin perder de vista hacia dónde queremos ir.
Estos fenómenos del cielo me inspiran precisamente eso: A mirar lo que necesita ser mirado. A soltar lo que ya no sirve. A conservar los aprendizajes. A transformar las heridas en sabiduría y la sabiduría en herramientas. A dejar espacio para lo nuevo. Y, sobre todo, a continuar más ligeros.
No porque nuestra vida vaya a estar siempre llena de luz. Sino porque hemos aprendido que incluso cuando atravesamos momentos oscuros, la luz sigue estando ahí.
Y quizá ahora sea un buen momento para preguntarnos:
¿Qué quiero dejar atrás?
¿Qué aprendizaje quiero llevar conmigo?
¿Y hacia dónde quiero dirigir mi energía a partir de ahora?
Si sientes que estás atravesando un momento de cambio y quieres acompañarte con pequeñas prácticas en tu día a día, quizá alguno de mis talleres pueda caminar contigo:
Rituales diarios para el alma sensible
